Rossana Cassigoli Salamon
La Jornada
El sionismo alude al movimiento nacionalista y colonialista judío que desde finales del siglo XIX se propuso la creación del Estado de Israel. Ha promovido, y promueve, la migración de judíos a Palestina, la ancestral tierra prometida. Tomó su nombre de Zion, una colina de Jerusalén, y adquirió alcance político gracias al impulso del periodista austriaco Theodor Herltz. El programa del primer congreso sionista, celebrado en 1879 en Basilea, Suiza, exponía: “el sionismo quiere crear un hogar para los judíos en Palestina, al amparo de la ley pública”. El movimiento se estableció en Viena, donde Herltz fundó el semanario oficial El Mundo (Die Welt); los congresos sionistas se celebraron anualmente al menos hasta 1901. Visto así, es posible “escuchar” y acompañar la quimera de un pueblo que cultiva lazos espirituales y aspira a la creación de una nación propia. Lo que se torna problemático es el giro expansionista-terrorista que adquiere este proyecto en la segunda mitad del siglo XX, y los irreparables costos históricos y humanos que son su corolario. Sin la mancuerna angloestadunidense el sionismo no hubiese logrado algunos de sus propósitos en los primeros años de la segunda posguerra. Sigue leyendo
